Al colegio en chanclas a 50 kilómetros del Everest

Cooperación Internacional al Desarrollo

Al colegio en chanclas a 50 kilómetros del Everest

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Al colegio en chanclas a 50 kilómetros del Everest

Los alumnos de Primaria y Secundaria pueden optar en España a múltiples ayudas al estudio si cumplen determinados requisitos. Una de esas becas tiene que ver con la necesidad del estudiante de utilizar transporte urbano o interurbano para acudir a colegio. La cuantía de la misma varía, como es de justicia, en función de la distancia que separa su residencia habitual de su centro de estudios; desde los 360 euros por curso, si el recorrido es menor a cinco kilómetros, hasta los 1.900 si supera los cincuenta.

Los alumnos de la escuela estatal Shree Saraswati, situada en la localidad de Phuleli (Nepal), podrían hacer buen uso de una de esas ayudas económicas. Calzado con unas chanclas de esparto, uno de sus estudiantes recorre a pie cada día un buen número de kilómetros desde su casa hasta el colegio a través de un terreno montañoso. El trayecto le supone una caminata de cuarenta minutos de ida y otros tantos de vuelta; tiempo que es, en realidad, un tanto engañoso, según explica la Alumni de la Universidad Católica de Valencia (UCV) Marta Domingo: “Nosotros íbamos con botas de montaña y nos costó dos horas hacer ese mismo recorrido. Allí llueve un montón, hay sanguijuelas… pero el crío iba súper feliz a la escuela con sus chanclas”.

Marta forma parte de un grupo de estudiantes de la UCV que realizaron durante un periodo de 23 días entre julio y agosto labores educativas y sanitarias con niños y familias del valle nepalí de Solukhumbu, donde realiza su labor la ONG Escuela Sherpa. Completaron la expedición la alumna del doble grado en Educación Social y Trabajo Social Elena Pérez del Campo, y los egresados Alba Pérez Camacho, médico especialista en familia y comunidad; Sara Moltó, enfermera especialista en familia y comunidad; y Javier Lázaro, biotecnólogo.

Pasión por aprender

Mientras que Alba, Sara y Javier se encargaron de la parte sanitaria de este proyecto de cooperación internacional al desarrollo -dirigido por la profesora del grado en Enfermería Mayte Murillo-, Marta y Elena se ocuparon de su vertiente educativa: “Ejemplos como el de ese niño ilustran muy bien el gran valor que le dan en Nepal a la educación. En España tenemos el cole a cinco minutos y nos da pereza ir, pero los chiquillos de allí vivían muchísimo la oportunidad de ir al colegio, de aprender. Al fin y al cabo, la educación es el camino que puede sacarles de donde viven, su puerta de salida”.

“Las casas de los alumnos están muy dispersas por el valle, algunas a mucha distancia. Sin embargo, todos los niños van a clase cada día. Todos. Me parece impresionante”, expone Elena, por su parte. En Nepal la educación conlleva, en general, muchos kilómetros en las piernas: “La escuela Shree Saraswati imparte desde Educación Infantil hasta el equivalente a segundo de la ESO y, si quieren seguir estudiando, les toca irse al valle de al lado. Y cuando digo «al lado» estoy casi mintiendo, porque está muy lejos. Para la universidad ya deben trasladarse a Katmandú”.

Otra de las grandes diferencias educativas con Nepal la encontraron a la hora de desarrollar su labor profesional. Marta, que ha trabajado dos años como maestra en un colegio, aduce que “cualquier idea” que tenga en Valencia resulta “muy viable” porque las aulas disponen de “ordenadores, internet, proyectores, pizarras digitales y mucho material escolar”. En Nepal les tocó adaptar esas ideas a un entorno “mucho más básico”, con los medios disponibles en un colegio entre montañas, situado a menos de 50 kilómetros del Everest.

“En nuestro país tenemos una educación muy fácil, resulta sencillo elaborar una metodología y, además, hacerlo enseguida. Por eso trabajar allí fue un reto para mí; estaba continuamente pensando en cómo podía llegar a los niños con una enseñanza que les hiciera partícipes. Cuando tienes que sacarte las castañas del fuego con pocos recursos te estrujas mucho la cabeza”, narra.

La labor de las dos educadoras valencianas sufrió un revés inicial, causado por problemas de comunicación, indica Marta: “Por mucho inglés que supieras se producía un choque cultural. A veces nos frustrábamos porque sabíamos que gramaticalmente comprendían lo que les queríamos decir, pero aun así no llegábamos a entendernos. Nos dimos cuenta de que la comunicación es también algo cultural y no compartíamos con ellos el mismo código”.

“Dejamos a un lado la parte educativa no formal y nos pusimos las dos con las clases de inglés para alumnos de primero, segundo y tercero de Primaria, aunque sí hicimos un taller de educación sobre higiene y alimentación. Todo pensado de modo que la enseñanza fuera lo más dinámica posible”, apunta Elena.

Gente “seria” que gasta bromas

Una vez se entendieron españolas y nepalíes, comprendiendo sus respectivos “modo de actuar”, Marta señala que todo resultó “mucho más fácil”. Fue así también porque los habitantes del valle son personas “muy transparentes, sencillas, muy humildes y entregadas”, remarca. “Me llamaba la atención también lo risueños que eran. Mientras que nosotras nos pusimos un poco serias con lo de «no nos estamos entendiendo», a ellos no les parecía grave, se lo tomaban con calma, con paz y muchísimo sentido del humor”, añade.

De entrada, el carácter nepalí parece “serio”, matiza Elena. Antes de entrar al colegio los niños forman filas, hacen ejercicio y cantan el himno del país. Los profesores “les hacen preguntas y revisan que vayan limpios; aparentemente son muy disciplinados”. Sin embargo, "enseguida resulta obvio lo mucho que se ríen y gastan bromas”. Las antiguas alumnas de la UCV se “partían de risa” con los profesores de la escuela.

“Recuerdo que un día a las once de la noche rompimos un banco de la casa donde vivíamos, la del hermano de Jas, nuestro contacto allí. Era una especie de sofá de madera, muy inestable, en el que nos sentábamos muchos para comer, cenar y reunirnos. Con el ruido que hizo el banco al romperse empezaron a subir a nuestra planta los nepalíes que vivían allí, como el profesor de matemáticas de la escuela y otra profesora con su marido, la hija y los abuelos. Cada uno que subía, veía el panorama y se moría de risa. En España la gente se hubiera enfadado mucho, por la pereza de arreglar el banco a esas horas, pero allí no veían problema en nada”, relata Marta.

De igual modo, subraya que le ayudó “mucho” esa manera de vivir los acontecimientos del día a día, enseñándole que “hay que darle importancia a lo que la tiene”. Así, “no pasaba nada” por no poder llevar a cabo desde el primer día el plan educativo que habían ideado en Valencia: “Si no se podía el primero, pues el segundo o el tercero. Y si era imposible hasta el último día, pues también genial. A veces llegas como cooperante a un lugar con las prisas de que «hay que hacer muchas cosas», te lo tomas todo muy a pecho y te das cuenta después de que tampoco es para tanto”.

Nepal es “otro mundo”, en opinión de Elena: “Por mi experiencia en otros voluntariados en Sudamérica, me da la impresión de que los lugares de mayor pobreza comparten factores sociales positivos que yo no encuentro en España. Guardan relación con el contacto humano, con el preocuparse por el vecino. En el valle de Solukhumbu son todos como una familia mientras que aquí muchas veces ni conocemos al vecino; o alguien nos pide un favor y nos cuesta hacerlo. Allí están siempre todos para todos”.

Una preparación “que toca realmente a la persona”

Junto a la labor educativa y sanitaria, los egresados de la UCV realizaron todos obra social en la escuela de Phuleli pintando entero uno de sus edificios, que debía ser de color amarillo y azul por imposición del Estado; un grupo de cooperantes, tal y como apunta Elena, “muy bien cohesionado, una gran piña”.

“Independientemente de que se trate de un voluntariado o de un proyecto de cooperación internacional, estas experiencias te marcan. Por las personas que conoces allí, por las personas con las que vas… Por todo lo que aprendes y vives, un viaje como este no te puede dejar indiferente, así que estoy muy agradecida por la oportunidad que me ha dado la Universidad”, asevera Elena con una sonrisa.

Respecto de vivencias anteriores a su paso por la UCV, destaca la “preparación” del cooperante que realiza esta universidad previamente al inicio del proyecto: “Me fui por primera vez a Honduras, con 19 años, y me llevé un castañazo tremendo al llegar. No conocía el sitio, ni sabía lo que me iba a encontrar. Por eso, la formación recibida aquí antes de viajar ha sido muy importante para mí. No te mandan para allá y te dicen «apáñate contigo misma y con lo que vas a hacer»; en la UCV te forman en todos los aspectos, incluido el interior. En esa preparación realmente se tocan cuestiones importantes de la persona”.

«Elena no está. Ha llegado bien, pero no está»

El regreso a casa no siempre es fácil para quien ha dedicado un tiempo prolongado a una acción solidaria como la de Nepal, según relata la propia Elena: “La vuelta siempre me cuesta mucho. Al llegar a España necesito un fin de semana de «Elena no está. Ha llegado, está bien, pero no está». Los compañeros de aventura son mi refugio durante ese tiempo; por mucho que cuentes lo que has vivido a tu familia o a tus amigos, no es lo mismo. Te escuchan y ven las tres mil fotos que les enseñas, pero nadie te entiende mejor que aquellos que han compartido esa experiencia. Me ayuda que nos veamos y hablemos”.

“Después de esta clase de experiencias en países pobres, algunos vuelven muy ‘haters’, en contra de esta sociedad acomodada. Si la gente no tiene agua caliente en el país donde han estado, pues ellos tampoco. Esas actitudes suelen durar una semana o dos. Luego se les pasa, se duchan con agua hirviendo y siguen con su vida de antes”, afirma riendo Elena.

En ese sentido, Marta se atreve a dar un consejo a futuros voluntarios o cooperantes: “Hay que huir de la culpabilización, pensando que aquí lo tienes todo al alcance de la mano y allí no lo tienen. Entiendo el sentirte un poco mal, pero lo que debes hacer, en realidad, es dar gracias por las circunstancias y el entorno en el que has nacido. No tiene sentido ponerse en plan «ahora voy a llevar la misma camiseta toda la semana». Basta con adaptar un poco ciertas cosas y, si quieres, vivir de manera más sencilla, sin excesos. Lo importante es dar lo máximo de ti mismo donde te toque estar en cada momento”.

En el horizonte, Sudamérica y Australia

Pasados casi dos meses de su regreso a España, un futuro estimulante aguarda a estas dos estudiantes egresadas de la UCV. Elena ya piensa en intentar hacer las prácticas del posgrado que está realizando en Iberoamérica, su “gran amor”, y trabajar allí una vez adquirido el título. Su deseo como trabajadora social es dedicar su vida profesional “a las personas con diversidad funcional o a los mayores”.

Por su parte, Marta ha decidido hacer una pausa en su labor como maestra y pedagoga, y emprender un viaje impensable para muchos: “Me voy a Australia, sin puesto de trabajo allí ni casa. Quiero vivir una experiencia como esa, trabajar de lo que surja; quiero ser valiente y jugármela, a ver qué sucede. Al fin y al cabo, la vida es una aventura, ¿no?”.

 

La labor sanitaria del proyecto de cooperación desarrollado en Nepal se centró en apoyar al centro de salud local y atender de forma personalizada los problemas de salud de los habitantes del valle mediante una clínica móvil, visitándolos en sus propios domicilios. El propósito principal de la campaña sanitaria, no obstante, fue la alfabetización sanitaria de la población local.

El trabajo realizado por los cooperantes de la UCV, que contó con el aval de la Asociación Española de Enfermería Pediátrica, incluyó un proyecto de investigación para la elaboración de un diagnóstico de salud de la comunidad de Solukhumbu. Entre sus prioridades, el análisis del agua que bebe la población local y una valoración nutricional de los niños de la escuela.

El proyecto incluyó también el diseño de una infraestructura tecnológica que permitiese disponer al menos de una zona comunitaria de acceso a internet en el valle, para lo que se creó una red a través de tecnología 4G, dejando prevista una conexión por fibra o a través de satélite. El responsable de esta área fue el ingeniero informático Javier Pérez Bou, de la UCV.

Además de Mayte Murillo, directora del proyecto, participó como coordinador Santiago de Hevia, técnico de la Oficina de Cooperación al Desarrollo y de la Escuela de Voluntariado de la UCV, y presidente de la ONG Escuela Sherpa.

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